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Nací en una familia colorada. 

Mi abuela, gran admiradora de Luis Batlle Berres, de Gestido, de muchos más señores con nombre de calles y por supuesto del gran Pepe Batlle, siempre me habló hasta que me sangraran los oídos de ese Uruguay de antaño que era la envidia el mundo, de “la Suiza de América”, del Uruguay de las oportunidades al que tantos inmigrantes llegaron por elección o por fortuna. En definitiva, del Uruguay Batllista que todos conocemos, hemos oído a nuestros mayores mencionar con invariable nostalgia y hasta es rememorado en Guitarra Negra de Zitarrosa.

Durante mi niñez y adolescencia nunca lo entendí realmente. ¿Qué significaba que hablaran de ese Uruguay? ¿Por qué decían que había sido tan bueno? ¿Qué habría tenido de especial para tanta palabra de admiración? ¿Si fue tan bueno por qué todo el mundo le sigue diciendo Propios a Propios? Ya de grande, mi postura cambió por la plena desconfianza de que eso hubiese alguna vez sido así y hasta el rechazo con el cliché de que “los viejos siempre con lo mismo… que antes estábamos mejor…”. A todo esto corrían ya los dos mil y poco, pasaba la crisis, ganaba el gobierno por primera vez el Frente Amplio y mi abuela seguía diciendo exactamente lo mismo, pero no con la sorna del arrogante que cree saber una verdad oculta ni la cizaña del cínico que te quiere convencer que el presente es una porquería, sino con la misma añoranza nostálgica que tenía diez años antes cuando gobernaban blancos y colorados y Uruguay no clasificaba a los mundiales (de Obdulio, Gambetta y Máspoli también tenía cuentos, por cierto). 

Me resistí siempre a creerlo. ¿Cómo puede ser que tres cuartos de siglo más tarde, con todos los avances que tenemos y con todo lo que hemos progresado como sociedad más justa, me siga diciendo que antes estábamos mejor? No fue hasta hace pocos meses que lo empecé a entender. 

Hace poco más de un año me acerqué a La Política. Así con mayúsculas, porque mi abuela también me había enseñado que La Política era esa actividad noble y desinteresada, para servir y buscar soluciones a los problemas de todos, pero especialmente de “los que no han tenido tanta suerte como nosotros”, citándola literalmente. Cedí a la insistencia de Nicolás Ortiz, un amigo que infructuosamente había intentado arrimarme desde hacía años a su agrupación dentro del partido Colorado, y comencé a “tantear el asunto”. La agrupación estaba viendo cómo hacer Política dentro de un partido colorado medio triste, pinchado y sin muchas aspiraciones, y traté de aportar algo para construir un espacio. En ese entonces se rumoreaba que “venía Talvi”, a quien yo conocía de algún evento de Ceres, y de quien no tenía mucha referencia más que saber que era un economista prominente del Uruguay y admirar su capacidad de oratoria.

La política siempre fue tema corriente en casa como ya dije, por lo que conocía a prácticamente cuanto candidato ha habido en los últimos 20 años al menos. Blanco, colorado, del frente, independiente o de los demás partidos que viven sólo por un período eleccionario. El día que nos juntamos con Talvi por primera vez ya percibí de él algo distinto a lo que había visto en los otros. Y no porque fuera un tocado, un genio, o un crá como economista y me explicara por qué la inflación estaba donde estaba y cómo había que controlarla. Vi que simplemente no hablaba de política, hablaba de otra cosa. Una cosa distinta a la que le había escuchado decir en los últimos 20 o 25 años a cualquier otro político. También reconocí qué era esa cosa, era la misma cosa de la que me había hablado mi abuela, era La Política, con mayúsculas. Talvi nos hablaba de mirar al futuro, de tener proyectos, de construir y de noblemente buscar ese desafío sin esperar nada a cambio más que tener el honor de servir a nuestro País. Así fue que el pasado 30 de Junio, con esa filosóficamente simple intención de servir a los que no han tenido tanta suerte como nosotros, Talvi, Ciudadanos, Nico, yo y muchísima gente que votó, ganamos la interna colorada. 

Ahí fue que terminé de entender lo que mi abuela me contaba desde que iba a la escuela. No se trataba de que antes fueran mejor formados que nosotros, que nuestra mejor hora como País ya hubiera pasado y que estuviésemos condenados a la mediocridad, y ciertamente no se trataba de que los colorados fueran los mejores. Se trataba de que gente como el Pepe Batlle miraba hacia adelante, proyectaba un futuro mejor y servía a su país, a nuestro país, para acercarnos a ese futuro. Se trataba de que entendían que nuestra mejor hora como País y como sociedad sigue estando y siempre estará por delante, sólo que tenemos que tener la humildad de servir para acercarnos a ella. Se trataba de Esperanza. Esa esperanza la sentí y la siento desde el 30 de Junio dibujada en miles de personas, coloradas o no, que se entusiasman con este proyecto. Personas con la esperanza de que nuestra mejor hora está por venir y que si tenemos la humildad de servir esta vendrá antes de lo que pensamos. 

También entendí que al fin y al cabo que que mi abuela fuera colorada no tenía nada que ver… era sólo que tenía buena memoria para recordar qué era lo que a ese Uruguay lo hacía ser ese Uruguay y que le gustaba mucho hacer los cuentos…