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Mi madre entró a trabajar muy joven en el Ejército. Le brindó muchos años de su vida hasta su retiro. Así, crecí en un hogar donde se hablaba todo el tiempo de la excelencia del Hospital Militar -donde siempre revistó mi madre-, y de sus buenos profesionales médicos, del sumergido sueldo del personal subalterno, y de muchas otras cosas de las buenas y de las malas. Gran parte de mi infancia me atendí allí por mi púrpura, con destacados hematólogos, y a medida que fui creciendo conocí infinidad de oficiales y subalternos, militares y civiles. Aprendí mucho de la institución porque la viví muy de cerca. Por ese tiempo comprendí que, al final, el Ejército son hombres y mujeres al servicio del país. Como otros tantos en otras instituciones que también son servidores públicos.

En 2001 comencé a dar clases de física en la Escuela Naval. En ese momento se me presentó un mundo que no conocía, aunque parte de las Fuerzas Armadas, muy distinto al Ejército. Ser parte de un instituto de formación militar me permitió entender por qué alguien aspira a ser militar, cuál es su expectativa, cuáles son sus sueños y anhelos. Comprendés que es una carrera sacrificada y enormemente vocacional. Como en cualquier centro educativo estás todo el tiempo hablando del futuro, y alentás y construís junto a los estudiantes la posibilidad de uno mejor. Luego de haber visto muchas generaciones recibirse de Guardiamarinas, aún hoy los oficiales más jóvenes mantienen intactas su vocación, sus ganas y su amor por la institución. También te hablan de las dificultades a las que se enfrentan, de la falta de recursos, de que a veces faltan estímulos para seguir adelante, de la necesidad de redignificar su actividad y de los prejuicios.

Días pasados acompañé a Ernesto Talvi al Club Uruguayo Británico. Al finalizar su disertación y ante una de las preguntas de los asistentes, Talvi habló de la realidad que pretendemos cambiar y de las Fuerzas Armadas que el Uruguay necesita: dignas, modernas, potentes, dinámicas. Cumplen ellas tareas importantísimas (militares y no militares) con enorme sacrificio y enormes limitaciones, que se llevan adelante en ocasiones con precariedad, con personal que no cobra un sueldo ajustado a la tarea que realiza. Con el 40% del personal subalterno viviendo por debajo de la línea de pobreza, sin beneficios de horas extra ni nocturnidad y sin posibilidades de tener otro empleo por el carácter de dedicación integral que requiere la actividad militar. Con falta de personal en muchos casos y con dificultades para retener el personal calificado, con ausencia de estímulos para el reclutamiento y con material y equipamiento obsoleto o vetusto que complica un buen desempeño profesional.

Hablar del futuro nos tiene que unir a los uruguayos.

Si algunos van discutir las Fuerzas Armadas desde los prejuicios o la división, donde de un lado hay buenos y del otro malos, las fracturas van a ser más hondas. Si algunos van a hacer de las Fuerzas Armadas un botín electoral, donde el centro sea si tiene que haber más o menos militares, entonces se caerá en la demagogia.

A los que son demagogos y divisores, no les importa el futuro. Nadie que cargue pesadamente con un juicio de valor a un conjunto de uruguayos por tener tal o cual condición, y por ser colorado, por pertenecer a las Fuerzas Armadas o por vivir en un barrio privado lo pase a ser menos uruguayo que un frenteamplista, que un civil o que alguien que vive en Capitán Tula y Oficial 3, merece conducir los destinos del país.

Ahora, si vamos a discutir entendiendo que las Fuerzas Armadas son una parte del Estado, integrada por hombres y mujeres que tienen una vocación de servicio por su país, que llevan adelante tareas fundamentales, que hoy por hoy enfrentan una realidad que hay que cambiar, y que para redignificarlas y terminar con las divisiones, es crucial dar un debate profundo de ideas, en esa trinchera nos encontrarán a Talvi, a mí y a muchos más que ya están trabajando en eso.

Un Uruguay de primera también implica Fuerzas Armadas de primera, con profesionales de alto nivel, con formación moderna y de excelencia, llevando adelante investigación y desarrollo con la Universidad de la República en áreas estratégicas, plenamente integradas con otras instituciones del Estado, que sigan siendo de las más comprometidas con el mantenimiento de la paz en el mundo, y un largo etcétera.

Un exalumno que tuve en la Escuela Naval, hoy oficial, me dijo hace poco: “Vengo de un pago muy humilde. Uruguay me ha dado la oportunidad de formarme y convertirme en un profesional del mar, en un marino. Estoy agradecido por eso. Con mi labor, que es de servicio, siento que le estoy devolviendo a mi país todo lo que me dio”.

Esos uruguayos, los militares, quieren lo que todos: un mejor futuro para Uruguay.

Nicolás Ortiz